COLUMNA


El canto de los niños de la esperanza
Desde la frontera

La salvación de los rescatistas no tuvo límite ni el esfuerzo cansancio a la hora de salvar vidas.

Publicado en Políticos al Desnudo

Cuando las fronteras son importantes para algunos, para otros, no existen. Hermanos somos todos los seres humanos sin importar el credo o el idioma o el color de nuestra piel.

Somos hermanos con diferente identidad e historia, que en las diferencias nos identificamos. Somos iguales porque somos diferentes.

Pero sí, siempre somos iguales, ante el desastre somos hermanos y frente a la desgracia hermanos. Los niños Cantores de Tijuana abren las puertas de la fraternidad que los adultos, desde el trono de la soberbia, intentan cerrar.

Cantan en la frontera que con sus voces hacen sólo un trazo con tinta endeble, fugaz a pesar de la historia, inexistente a pesar de la prohibición. Finalmente, los mexicanos hacia el note están en tránsito hacia lo que fue la tierra de sus abuelos y bisabuelos.

Los niños cantaron México lindo y querido, y se escuchó de ambos lados.

Para curar a los hermanos no detiene a nadie la herida superficial colocada en la tierra llamada frontera. No hay límites ante la tristeza de perder todo lo que en una vida se construyó.

El sismo repitió el día como una advertencia de aniversario y un llamado de atención sobre la buena salud del planeta. Las casas se cayeron y la gente salió a ayudar. Había lugares donde el polvo todavía no se asentaba en el suelo y la comida se ofrecía a quienes todavía no se recuperaban del susto o vivían con la esperanza de ver a su hijo, hermano o madre salir de entre las ruinas de lo que fue su casa.

Los rescatistas espontáneos rompían piedras, sacaban trozos de casas con las manos, sin guantes, pero llenos de entusiasmo por salvar una vida, dos, todas. Las brigadas llegaron desde otras latitudes Japón, Israel, Chile, Estados Unidos, Panamá, Ecuador, y más allá.

Esa espontaneidad de los rescatistas que improvisadamente sumergían una manguera hasta donde topara para que, al otro extremo, junto a su oreja escucharan en silencio absoluto algún ruido, fue sustituido por maquinas sofisticadas que detectaban no sólo sonido sino calor.

Los ríos de gente, las luces de las televisoras que estuvieron incansables dando energía donde se necesitaban sin pedirle permiso a nadie. Los reporteros agotados, pero sin cansancio, las horas eran tiempo valioso y no cansancio acumulado.

El orden existente frágil por la emoción y la prisa de encontrar vida entre los escombros fue sustituida por un método y un sistema que da confianza y exactitud.

Poco a poco las filas fueron tomando forma, la tarea espontánea y desarticulada en ocasiones de volvió perfección, se uniformó el ritmo, se crearon señales, y los voluntarios se convirtieron en símbolo.

Los cantos de los niños en la frontera, que de día se vuelve brisa y de noche melodía llegaron hasta la esperanza en la ciudad de México. Se sabían acompañados sin importar estar lejos o cerca de la muerte o de la vida. 

Porque lo que dividía la vida de la muerte ya no era una frontera imaginaria dibujada en la tierra sino una canción llena de esperanza.






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